Testimonios
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¿Cuánto gana, Papá?
-¡Ay, cuánto quisiera que mi papá sacara tiempo para mí! -Dijo María una mañana.
Su papá ya había salido para el trabajo cuando ella se despertó. Sería otro largo día hasta que el papá regresara por la noche. Pero, cuando él regresó aquella noche, María ya estaba dormida.
Día tras día se repetía lo mismo. María anhelaba a su padre de todo corazón, pero éste raras veces tenía tiempo para ella. Siempre pasaba ocupado con sus muchos quehaceres. Y como si no fuera suficiente el tiempo que le quitaba el trabajo, los domingos lo veía solamente en la mañana para el desayuno. Pronto después del desayuno, el padre salía para la cancha de fútbol y no volvía hasta muy noche, cuando María ya estaba dormida. La pobre María deseaba mucho la atención de su padre, y su ausencia la hacía llorar.
Un día se le ocurrió una idea a María para que su papá sacara tiempo para ella. Aquella noche, ella lo esperó hasta que llegara a casa. Con gran esfuerzo logró no dormirse.
Por fin llegó el papá. ¡Cuál fue su sorpresa cuando vio que su hija aún no se había dormido!
-Papi-comenzó a decir María-,¿cuánto gana usted por hora en el trabajo?
-¿Por qué te interesa eso?-le respondió un tanto molesto-Ve y acuéstate. No te corresponde saber eso.
-Papi, de verdad, yo quiero saber cuánto dinero gana por hora en su trabajo.
-Bueno, si tienes que saberlo, gano $10 por hora-le respondió de mala gana-Ahora ve y acuéstate porque ya es tarde.
-Pero, Papi. Tengo otra pregunta. ¿Puede usted prestarme $3 Yo se los devuelvo con lo que gano barriendo el patio de doña Marta, la vecina. Ella me paga cincuenta centavos cada sábado.
-¿Qué te pasa, niña aprovechada?-respondió el padre enojado-¡Vete a dormir y deja de hacer preguntas tontas!
La niña se fue llorando y entró en su dormitorio. Se acostó, pero no pudo conciliar el sueño. Mientras tanto, el papá siguió en la sala, reflexionando sobre lo que había sucedido. Quizá fui muy duro con mi hija. Tal vez ella quería comprar una muñeca o algún juguete con el dinero que estaba pidiendo prestado.
Después de reflexionar un rato, el padre se levantó y se dirigió al dormitorio de su hija. Cuando llegó a la puerta, preguntó en voz baja:
-Mi niña, ¿ya estás dormida?
-No, Papi, no puedo dormir.
-Hija-dijo pensativamente-,estaba pensando en lo que antes me pediste, el asunto del dinero. Yo creo que sí lo puedo hacer. Más bien, quiero regalártelo. Toma, esto es tuyo-dijo el padre mientras le entregaba tres billetes de un dólar.
Cuando María recibió los tres billetes, se sentó y sacó de su bolso otros siete billetes de un dólar. Era el dinero que había ahorrado durante mucho tiempo por barrer el patio de la vecina.
-Ahora sí, Papi. Ahora sí estoy muy contenta.
-¿Ahora sí qué?-preguntó el papá un tanto perplejo.
-Ahora tengo diez dólares. ¿Puede usted venderme una hora de su tiempo?
El padre de María se quedó boquiabierto. Pronto las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas. Estaba muy avergonzado y dolido. Hasta ahora, nunca había pensado seriamente en cómo estaba descuidando a su hija.
-Perdóname, hijita-respondió el padre-.Estoy muy triste por no haber sacado tiempo para ti. He estado muy metido en lo mío, y me he descuidado en mi deber hacia ti, mi amor. Perdóname, por favor. Aquí, toma de vuelta tu dinero.
Nota a los padres: Padres, reflexionemos sobre lo que esta historia nos enseña. Evaluemos qué está consumiendo nuestro tiempo. ¿Será que también nosotros les estamos robando a nuestros hijos el tiempo que ellos merecen? Puede ser por el trabajo, los compromisos en la iglesia, los animales de la finca, los amigos, el negocio, o cualquier otro compromiso. Nuestros hijos merecen nuestro tiempo y nosotros se lo debemos. Tenemos sólo una oportunidad de darles a ellos esos preciosos momentos. Si no aprovechamos esta oportunidad, después pasará como la neblina y nunca más volverá.
Atentamente,
Un padre que reflexionó.
Fuente: Revista La Antorcha de la Verdad. Septiembre-octubre 2011. Volumen 25, número 5.