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Reflexiones

Cuento: EL ALCALDE Y EL CAMPESINO

Talí se disponía a salir del pueblo montado en su mula. En eso pasó el alcalde y le dijo:

-¿Para dónde vas, Talí?
-Voy a la ciudad a hacer unos mandados.
-¿No será más bien a robar gallinas?-dijo el alcalde con una carcajada burlona.

Talí se sintió ofendido. Sin embargo, no lo demostró y puso cara de piedra. Pero ya estaba cansado de las burlas del alcalde, quien siempre andaba buscando la manera de mortificarlo. Entonces pensó que era hora de darle un escarmiento y le respondió:

-“Pues a decir verdad, voy a aprovechar el viaje para visitar a mi amigo el gobernador. Quiero hacerle una consulta rápida, pero de seguro él querrá invitarme a almorzar.

El alcalde volvió a reír y luego dijo:

-¿Qué usted va a almorzar con el gobernador? Ni lo sueñe, Talí.
-Le apuesto mi mula contra su caballo a que sí -respondió Talí.

El alcalde tenía un caballo hermoso, un peruano de muchos miles de pesos, mientras que la mula de Talí era vieja y tan flaca, que no servía ni para el almuerzo de un zopilote. Sin embargo, sin pensarlo siquiera el alcalde dijo:

-Acepto la apuesta. Eso sí, me voy con usted, para que después no me venga con mentiras.

Emprendieron los dos el camino y al llegar al palacio del gobernador, uno de los guardias los detuvo y les preguntó:

-¿Qué quieren?

Talí le contestó con humildad:

-Yo sólo quiero saludar al gobernador y preguntarle una cosita.

-El gobernador está muy ocupado en asuntos importantes. Pregúnteme a mí.

-Es que quiero preguntarle qué valor puede tener un pedazo de oro del tamaño de mi puño.

El soldado se quedó pensativo y le pidió que esperara un momento. Luego fue a traer al capitán de la guardia, quien le pidió a Talí:

-Repítame lo que quiere.

-Pues verá, sólo quiero preguntarle al gobernador cuánto puede valer un pedazo de oro de este tamaño.

Y Talí levantó el puño doblando bien su mano, callosa por el trabajo y llena de cicatrices de espinas y del filo de los zacates. El capitán le pidió que esperara y se fue corriendo al palacio. Enseguida regresó y dijo:

-Pueden pasar. De casualidad el gobernador tiene un momentito libre y los va a recibir.

En cuanto entraron, el gobernador saludó a Talí con un abrazo mientras le decía:

-¿Cómo está mi campesino querido? ¿Cómo está la familia y cómo va su milpa? Pero siéntese, por favor, para que conversemos un rato. Además, ya casi es la hora del almuerzo y me gustaría mucho que me acompañaran a almorzar.

Talí, haciéndose de rogar, le contestó:

-Lo siento mucho, su señoría. Pero tengo bastantes mandados que hacer en la ciudad y…

El gobernador no lo dejó terminar y le dijo:

-De ninguna manera, yo insisto en que se quede a almorzar. No me quite el placer de tenerlo como invitado. Y que nos acompañe el alcalde, que ha sido tan amable en traerlo.

-Pues si usted insiste, no puedo rechazar su invitación, -respondió Talí.

Se sentaron los tres a la mesa y les sirvieron un banquete delicioso. El único que no comió a gusto fue el alcalde. Se hallaba tan afligido pensando en que estaba perdiendo la apuesta que apenas podía probar bocado. Después, mientras saboreaban una taza de café, el gobernador le dijo a Talí:

-Bueno amigo, usted quería consultarme algo. Dígame cuál es su pregunta.

-Su señoría, yo sólo quería preguntar cuánto puede valer un pedazo de oro del tamaño de mi puño.

Al gobernador le brillaron los ojos, pero cuidándose de no mostrar mucho interés, le respondió:

-Es difícil de decir, porque el precio depende mucho de la calidad del oro. Pero dígame, ¿dónde encontró ese pedazo de oro?

-Pues en realidad todavía no lo he encontrado. Pero en caso de que llegara a encontrarlo, me gustaría saber cuánto puede valer.

El gobernador se puso furioso. Y en el primero que descargó su cólera fue en el alcalde, gritándole:

-¿Cómo es posible que haya traído a este tonto para hacerme malgastar mi tiempo? ¿Qué clase de alcalde es usted? Pero yo le voy a enseñar que de mí no se burla nadie.

Y llamando a los guardias les ordenó que lo metieran preso durante quince días.
Y Talí, ¿qué se había hecho? Pues aprovechando el alboroto salió silenciosamente del palacio. Y para cuando se acordaron de él, ya iba lejos montado en su nuevo caballo peruano.

Fuente: Adaptado de Almanaque Escuela Para Todos.